miércoles, 26 de diciembre de 2012

El hijo del adivino




Estando en su lecho de muerte, un adivino hizo el horóscopo de su segundo hijo, cuyo
nombre era Gengazara, y ésta fue la única fortuna que le legó, dejando todo su dinero y
tierras al hijo mayor. Gengazara leyó atentamente el horóscopo y se dijo:

- ¿Esto es todo lo que ha de ser mi vida? Mi padre jamás falló en sus horóscopos, y el mío
no puede ser peor: seré pobre todo la vida. Estaré diez años en la cárcel. Moriré a la orilla
del mar; lo cual significa que me encontraré lejos de mis amigos y parientes en un país
bañado por el mar. Y ahora viene la parte más curiosa del horóscopo: más tarde tendré
alguna felicidad. Esa felicidad es un enigma para mí.
Cuando terminaron los funerales, el muchacho se despidió de su hermano mayor, y partió
hacia Benarés. Como quería evitar las orillas del mar, a fin de vivir muchos años, se
adentró en un terrible desierto y a los tres días se encontró sin agua y sin comida. La
situación era desesperada, pero el joven no se inmutó.
- Mi padre jamás se equivocó en sus profecías, y si me predijo que moriría junto al mar, no
hay peligro de que fallezca en este desierto.

Este pensamiento calmó un poco la terrible sed que sentía, y al mismo tiempo le dio nuevas
fuerzas, haciendo que al poco rato llegase junto a un pozo en ruinas.
Pensando que podría obtener algo de agua descolgando su cantimplora con un cordel, lo
hizo así, y de pronto llegó a sus oídos una voz que decía:

- Sálvame, hombre. Soy el rey de los tigres y me estoy muriendo de hambre. En los últimos
tres días no he comido nada. La suerte te ha traído a ti a este pozo. Si me ayudas
encontrarás en mí un amigo para toda la vida. No creas que soy un animal de presa. Si me
salvos no tocaré un pelo de tu ropa. Por favor te ruego que me saques de aquí.
- ¿Debo sacarle o no? -se dijo Gengazara.- Si le saco puedo convertirme en su comida.
Pero no, no puede ser porque según el horóscopo de mi padre debo morir junto al mar y
esto no se parece en nada al Océano. Además, mi padre jamás se equivocó.
Sin vacilar un momento más, el joven tendió al tigre su cantimplora atada al cordel. El
animal se cogió a ella y ayudado por el hombre, saltó fuera del pozo. Fiel a su palabra no
intentó nada contra Gengazara. Al contrario, dio tres vueltas alrededor de él y deteniéndose
ante el joven, le dijo:

- Mi bienhechor. Nunca olvidaré este día ni tu bondad. En premio a ella te juro ayudarte en
todas las dificultades en que puedas encontrarte. Si me necesitas no tienes más que pensar
en mí y al momento acudiré a tu lado.
"Ahora, voy a contarte el motivo de hallarme dentro del pozo. Hace tres días encontré a un
joyero y le perseguí para comérmelo. Viendo que no podía escapar de mis garras, el
hombre saltó dentro de este pozo y ahora se encuentra en el fondo del mismo. Yo le seguí,
pero me quedé cogido en un saliente. Un poco más abajo, en otro saliente, se encuentra una
serpiente de cascabel medio muerto de hambre. Más hacia el fondo, también en otro
saliente, hay una rata. Sin duda te pedirán los tres que los saques del pozo. Pues bien, como
amigo te diré que ayudes a los dos animales, pero que no hagas caso de las demandas del
joyero. Los joyeros no son gente de fiar, y éste mucho menos que los demás. Por tu bien no
le auxilies, podrías arrepentirte.
Dicho esto, el tigre se marchó por el desierto, sin aguardar la respuesta de su salvador.
Gengazara reflexionó sobre las palabras del tigre y uno tras otro salvó a la serpiente y a la
rata.

Ambos animales dieron tres vueltas a su alrededor, y como el tigre, le prometieron ayudarle
en el momento en que los necesitase. Para tenerlos a su lado no tendría que hacer más que
pensar en ellos. Pero lo mismo que el tigre, le advirtieron de¡ peligro de salvar al joyero.
El joven recapacitó acerca del consejo dado por los tres animales, pero como tenía mucha
sed, dejó bajar la cantimplora, para coger agua. El joyero le pidió por todos los dioses que
le salvara del lugar aquel, prometiéndole ser su amigo eterno.
Gengazara, que era bueno, no pudo resistir las peticiones del desgraciado y le salvó como a
los animales. Después, siempre temiendo que aún quedara alguien en aquel concurrido
pozo del desierto, hizo bajar la cantimplora, y al fin pudo saciar su sed.
- Mi querido amigo y protector -le dijo el joyero.- He oído la serie de tonterías que os han
dicho esos tres animales. Me alegro infinito de que no hayáis hecho caso de sus consejos.
Me estoy muriendo de hambre y os ruego me permitáis dejaros. Me llamo Manicasari y
vivo en Ujaini, a veinte kas al Sur de este lugar. Cuando regreséis de Benarés podéis pasar
por mi casa y tendré un gran placer en pagaros un poco de lo mucho que por mí habéis
hecho.

Dicho esto, el joyero se despidió de Gengazara, quien partió hacia el Norte, en dirección a
Benarés.
Llegó a la ciudad Santa y vivió en ella durante diez años, durante los cuales olvidó casi por
completo al tigre, a la serpiente, a la rata y al joyero. Al cabo de diez años de vida religiosa,
el recuerdo de la casa de su hermano y el deseo de verle le asaltaron tan insistentemente,
que se dijo:

- Con las prácticas religiosas que he hecho, he debido de conseguir suficientes méritos. Es,
pues, el momento de regresar a mi casa.
Recordando la profecía de su padre acerca de morir a la orilla del mar, regresó a su pueblo
por el mismo camino que siguiera diez años antes, y así se dio el caso de que llegase junto
al pozo donde le ocurrió la antes descrita aventura. Enseguida le asaltaron los recuerdos de
ella y pensó en el tigre y en la prometida fidelidad.
Apenas habían transcurrido unos segundos, cuando de detrás de unos matorrales salió el
rey de los tigres trayendo una pesada corona en la boca. Los brillantes y perlas de que
estaba incrustada, brillaban fuertemente a los rayos del sol. El tigre depositó la corona a los
pies de su salvador y dejando de lado todo su orgullo, se tendió ante él como un perrillo.

- Mi salvador -empezó con voz dolida.- ¿Cómo es que me has olvidado durante tantos
años? Siento una felicidad enorme al comprobar que aún ocupo un rinconcito en tu
pensamiento. Nunca olvidaré el día en que me salvaste la vida, y por ello, como poseo
algunas joyas, te he traído esta insignificante corona, que podrás vender a buen precio en tu
país.

El joven examinó una y otra vez la corona, contó los diamantes y las perlas, y se dijo que
con su importe sería uno de los hombres más ricos. Dio las gracias al tigre y cuando éste se
hubo marchado, pensó en la serpiente y en la rata. Los dos animales acudieron
inmediatamente con su regalo, dieron amplias muestras de¡ cariño que sentían por el
hombre que les había salvado la vida, y después de saludar humildemente a Gengazara, se
despidieron de él, dejándole reflexionando acerca de la fidelidad demostrada por ellos.
- Si estos tres animales se portan así, ¿cómo se portará Manicasari, que es un ser humano?
Como esta corona es demasiado voluminosa para llevarla así todo el camino, le pediré que
funda el oro y me haga un lingote. Así haré un paquete con el oro, las perlas y los
diamantes, y podré caminar mucho más tranquilo.
Así pensando, llegó a Ujaini donde preguntó por el joyero Manicasari, cuya casa le fue
enseñada al momento. Manicasari se mostró contentísimo al ver de nuevo al hombre que
diez años antes, a pesar del consejo dado por tres animales, le había salvado la vida.
Gengazara le mostró en seguida la corona que había recibido del tigre y le pidió su ayuda
para separar el oro y los diamantes.

El joyero accedió de buena gana e invitó a su huésped a que descansara, y fuese luego a
bañarse. Gengazara que era muy religioso se dirigió al río, a tomar el baño que ordena la
Religión.
Ahora bien: ¿Cómo llegó la corona aquella a poder del tigre? De una manera muy sencilla:
una semana antes, el Rajá de Ujaini había salido de caza con sus cortesanos. De pronto, un
tigre salió de la espesura, y precipitándose sobre él, lo arrastró hasta su cubil, sin que los
demás cazadores tuvieran tiempo de rescatar el cuerpo.
Cuando los cortesanos informaron de lo ocurrido al príncipe heredero, éste que adoraba a
su padre derramó abundantes lágrimas, y proclamó que daría la mitad de su reino a aquel
que le llevase noticias del asesino del Rajá.
El joyero sabía perfectamente que el soberano fue muerto por el rey de los tigres, pues
Gengazara le había dicho como obtuvo la corona; sin embargo, como deseaba ser más rico
de lo que ya era, decidió denunciar a Gengazara como el asesino del Rajá, y cogiendo la
corona fue a ver al nuevo soberano a quien informó de que el asesino de su padre estaba ya
descubierto.

El Rajá cogió la corona y la examinó atentamente, convenciéndose de que era realmente la
de su padre, y sin pensarlo más dio a Manicasari la mitad de su reino y después le preguntó
dónde estaba el asesino.
- Bañándose en el río -contestó el joyero, dando a continuación los detalles necesarios para
que le reconociesen.
Un regimiento entero fue en busca de Gengazara, que se hallaba sentado junto al río,
sumido en hondas meditaciones. Sin decirle ni una palabra, los soldados lo ataron
fuertemente y lo condujeron ante el Rajá. Éste volvió la cabeza para no ver al supuesto
asesino de su padre, y ordenó que fuese encerrado en un calabozo subterráneo para que
muriera de hambre y sed, ya que ésta era la pena que se imponía en el país a los asesinos.
Al quedar encerrado en la celda, Gengazara reflexionó acerca de lo ocurrido. Era inútil
acusar al joyero o al príncipe, ya que en realidad no eran ellos los verdaderos causantes de
la prisión del joven. El Destino está escrito y ningún mortal puede librarse de sus
decisiones.
- El de hoy es el primer día del horóscopo de mi padre. Hasta ahora su profecía ha
resultado cierta, pero ¿cómo voy a vivir diez años en este calabozo, sin tener ni una miga
de pan que llevarme a la boca? No cabe duda que moriré dentro de dos días. Pues bien,
antes de que me alcance la muerte pensaré mis fieles animales.
Apenas acababa de formular Gengazara este pensamiento, el tigre, la serpiente y la rata, a
la cabeza de sus ejércitos se reunieron en un jardín próximo la cárcel, y se preguntaron qué
podían hacer. Al cabo de un rato de discutir, decidieron que lo mejor sería abrir un pasaje
subterráneo.

El rey de las ratas dio una orden y todo su ejército emprendió la abertura de un túnel que
fuese a parar a la celda donde gemía Gengazara. Tanto y tan deprisa trabajaron las ratas,
que en un día abrieron el túnel, y el soberano de las ratos pudo llegar hasta su salvador, con
quien se lamentó por lo injusto de su suerte. Para animarle le dijo que no le faltaría, de
nada, y volviéndose a las ratas que formaban su corte, que eran las más listas, les dijo:
- Ordenad al momento a todos mis súbditos que traigan aquí toda la comida que
encuentren. Decidles también que rasquen trozos de ropas, que los sumerjan en agua y los
traigan a toda prisa. Así nuestro bienhechor podrá exprimirlos y tener agua para beber.
Cuando el rey de las ratas se hubo retirado, llegó lo reina de las serpientes e inclinándose
ante el joven le dijo:
- El dolor me abruma al verte en esta situación. El rey de los tigres está también
desesperado, mas él no puede llegar hasta aquí, por impedírselo su tamaño. El rey de las
ratas nos ha prometido que no te faltará comida. Nosotros también haremos todo lo posible
por ti. Desde hoy aumentarán las muertes por mordeduras de tigre y veneno de serpiente.
Siempre que oigas pasar algún carcelero cerca de tu celda, grita: "El Rajá me hizo
encarcelar bajo la falsa acusación de haber matado a su padre, cuando fue un tigre quien lo
hizo. Desde aquel día mil desgracias han caído sobre el país. Que se me deje en libertad y
con mis poderes curaré a los heridos y pondré fin a la plaga". Alguien comunicará tus
palabras al Rajá y así conseguirás tu libertad.

Los tigres y las serpientes emprendieron enseguida la ofensiva y durante diez años las
muertes fueron era aumento, llegando a convertirse en una verdadera plaga. Gengazara
continuó alimentado por las ratas, y la excelencia de la comida que le llevaban, mejoró
mucho su aspecto, convirtiéndose en un hombre de majestuosa presencia.
La última noche de los diez años, una serpiente llegó al dormitorio de la princesa y le clavó
su aguijón, causándole la muerte. Era la única hija del Rajá, y éste sintió una gran
desesperación, llamando enseguida a todos los médicos del país, prometiendo su reino y la
mano de su hija a quien la resucitara.

Dio la casualidad que un criado que había oído varias veces las palabras de Gengazara, las
comunicó al soberano, quien enseguida ordenó que fuese llevado a su presencia el
prisionero, si realmente había un hombre vivo allí, cosa que nadie creía, pues durante diez
años la celda había permanecido cerrada. Sin embargo, los que fueron al calabozo vieron
vivo a Gengazara, y maravillados, se preguntaron cómo habría logrado vivir tanto tiempo.
Alguien susurró que debía de ser un mago y otros dijeron que Bracma debía de ayudarle.
De todas formas lo condujeron a la presencia del Rajá.

Apenas vio éste a Gengazara, cayó desmayado, tanta era la majestad del cautivo. Los diez
años de encarcelamiento habían dado a su piel una especie de brillo fantástico. Para que
pudiera vérsele el rostro fue necesario cortarle el cabello, que le llegaba hasta los pies,
cubriendo así su desnudez. Cuando estuvo vestido, el Rajá se prosternó ante él y le suplicó
humildemente que devolviera la vida a su hija.
- En el término de una hora traedme todos los cadáveres que aún no hayan sido quemados.
Los resucitaré a todos.- Estas fueron las únicas palabras que pronunció Gengazara.
Centenares de muertos fueron llevados ante el Bracmán, quien cogiendo uno taza de agua
tiró unas gotas sobre cada cadáver, con el pensamiento fijo en la reina de las serpientes y en
el rey de los tigres. Apenas eran mojados los muertos, revivían como si sólo hubieran
estado dormidos. También la princesa fue resucitada, y la alegría del Rajá no tuvo límites.
Maldijo el día en que hizo caso del joyero, a quien hizo decapitar sin perder un momento,
ordenando que su cabeza fuera colocada a la entrada de la población, para escarmiento de
los que faltan a la verdad.

Como había prometido, dio su reino a Gengazara y también le dio la mano de su hija. El
Bracmán aceptó esto último, pero rechazó de momento el reino de Ujaini, diciendo que ya
lo heredaría cuando el Señor se llevase al Rajá.
Se celebró el casamiento con la pompa acostumbrada en tales casos, y al cabo de unos días,
Gengazara pidió permiso para ir a visitar a su hermano a quien no veía desde veinte años
antes. El Rajá y la princesa aceptaron y Gengazara marchó hacia su país natal.
Debido al tiempo que hacía que abandonó el lugar, no pudo encontrar el camino, y
extraviándose fue a dar a la orilla del mar. Su hermano, que se dirigía a Benarés, también
había tomado aquel camino y así dio la casualidad de que ambos hermanos se encontraron
de pronto y cayeron uno en brazos del otro. Tanta fue la alegría que experimentó
Gengazara, que cayó muerto de un ataque al corazón.
El hermano mayor era ferviente adorador de Ganesa y como era jueves, día sagrado para
ese dios, llevó el cadáver a un templo próximo y llamó a Ganesa. Este acudió al punto,
preguntando a su adorador qué deseaba.

- Mi pobre hermano ha muerto, y éste es su cadáver. Os pido por favor que vigiléis su
cadáver hasta que termine los preparativos para la quema. Si lo dejara en otro lugar, los
diablos podrían llevárselo.
El dios prometió hacerlo y el hermano fue a cumplir los requisitos necesarios para la
incineración. Ganesa llamó a sus servidores y les ordenó que vigilasen el cadáver de
Gengazara, pero éstos, en vez de hacerlo, lo devoraron.
Cuando el hermano hubo terminado su trabajo, fue en busca del cadáver de Gengazara.
Ganesa llamó a sus servidores y les ordenó que devolviesen el cadáver. Los criados
llegaron cabizbajos y temblorosos temiendo la ira de su dueño, y le confesaron su falta.
Ganesa rugió enfurecido y mató a todos los servidores que habían devorado a Gengazara.
El hermano, al ver que no aparecía el cadáver, empezó a quejarse amargamente.
- ¿Este es el premio de mi fe en vos? -preguntó a Ganesa.- Ni siquiera sois capaz de
entregarme el cuerpo de mi hermano.

Avergonzado por estas palabras, Ganesa recurrió a su divino poder y en vez de entregar un
cadáver devolvió a Gengazara vivo.
Así el hijo menor del adivino fue devuelto a la vida.

Los dos hermanos fueron juntos a Ujaini, donde Gengazara reinó al cabo de poco tiempo,
confiriendo a su hermano mayor el cargo de Gran Visir, que desempeñó con gran tacto y
justicia.
Durante el reinado de Gengazara el país prosperó grandemente y la felicidad reinó en él.
Y así se cumplió totalmente la profecía del adivino.

Antíguo Cuento Indio

viernes, 7 de diciembre de 2012

La tortuga charlatana




Un soberano de la India muy amado de su pueblo, tenía un defecto enorme: era muy
charlatán.
 
Su Gran Visir, hombre de gran sabiduría y discreción, estaba enormemente preocupado por
el defecto del Rajá. Un día, mientras paseaba por los jardines del palacio, habló así:
- ¿Queréis que os cuente una historia, Majestad?
- Cuenta -replicó el soberano, que por rara casualidad aquel día no tenía muchas ganas de
hablar.
- Hace muchos años -empezó el Visir,- vivía en un lago del Himalaya una tortuga. Dos
patos silvestres que habían descendido a aquel lago para descansar un poco se hicieron
amigos de la tortuga y le dijeron:
- Amiga tortuga: el lugar donde nosotros vivimos, el Lago Hermoso, del Himalaya, es
maravilloso, ¿Por qué no nos acompañas allí?
- Pero ¿cómo podré llegar allí? -preguntó la tortuga.- Yo no puedo volar.
- Te llevaremos nosotros -replicaron los patos.- Pero has de conservar la boca cerrada y
no hablar ni una sola vez.
- ¡Oh, eso es muy sencillo!
- Perfectamente, cógete con la boca a este palo, y nosotros sostendremos los extremos.
Y diciendo esto, los dos patos cogieron con el pico un fuerte palo, de cuyo centro se colgó
la tortuga.

Volaron, volaron los dos patos, y de pronto unos campesinos que los vieron exclamaron:
- ¡Dos patos llevan una tortuga colgada de un palo!
Al oír esto la tortuga no pudo contenerse y fue a replicar:
- Si mis amigos han escogido este sistema de transporte, ¿qué os importa a vosotros,
míseros esclavos?
Apenas había empezado a pronunciar estas palabras, perdió la presa que hacía en el palo,
y cayó, cayó, hasta llegar al suelo, donde quedó completamente destrozada.

En verdad os digo, Majestad, que aquellos que no saben contener la lengua, por muy
grandes que sean sus cualidades, terminan todos como la tortuga del cuento."
El Rajá no contestó nada y continuó su paseo por los jardines; sin embargo, desde aquel día
habló mucho menos y todo fue mejor en el reino.

Cuento Indio

lunes, 26 de noviembre de 2012

La cigüeña cruel y el cangrejo listo


En un espeso bosque había un pequeño estanque lleno de truchas. Como la estación era
muy calurosa y el río que vertía sus aguas en el estanque muy poco caudaloso, pronto los
peces se encontraron con que el lugar les resultaba bastante incómodo.

Una blanca cigüeña que les estaba observando se dijo:
- Es necesario que encuentre la manera de engordar a esos peces y convertirlos en mi
comida.
Mientras buscaba la solución el problema, acercóse al estanque y se sentó a su orilla.
Al cabo de un rato, los peces, extrañados de verla allí, le preguntaron en qué pensaba.
- En vosotros -contestó el ave.
- ¿De veras? ¿Y qué es lo que piensas?
- Pues me decía que en este estanque hay muy poca agua y por lo tanto muy poca comida,
por lo cual muchos de vosotros no tendréis apenas qué llevaros a la boca.
- Eso que dices es verdad -contestó un viejo barbo.- Pero ¿qué solución puede haber a un
problema semejante?
- Hay una solución muy sencilla. Si queréis os llevaré a un estanque que hay cerca de aquí.
Es un estanque muy profundo y está lleno de flores de loto. Puedo cogeros uno por uno,
con el pico, y trasladaros a ese lugar.
- No estaría mal si fuese verdad, pero las cigüeñas tenéis la mala costumbre de comeros a
los peces, y ya comprenderéis que no vamos a exponernos a perder la vida.
- Estáis muy equivocados; ni por un momento se me ha ocurrido comerme a ninguno de
vosotros. Si queréis, puedo llevar a uno de vosotros a que vea el estanque tan hermoso que
hay a pocos pasos de aquí. Si vuelve con vida será señal de que no quiero causaros daño
alguno.

Estas palabras convencieron algo a los peces, quienes delegaron a uno de ellos para que
hiciera el viaje en el pico de la cigüeña. Era una trucha vieja y tuerta, que había demostrado
en mil ocasiones que era suficientemente capaz de salir por sí misma de cualquier apuro.
El ave cogió con todo cuidado a la trucha y la llevó a que viese el magnífico estanque.
Después la devolvió con sus compañeras, a las cuales explicó que la cigüeña había dicho
verdad al describir el estanque.

Los peces celebraron consejo y al fin decidieron trasladarse al otro estanque, y así se lo
comunicaron a la cigüeña, quien emprendió el primer viaje con la trucha tuerta.
Al llegar junto al estanque, en vez de tirar la trucha al agua, el ave la mató de un picotazo y
se la comió con gran apetito, tirando las espinas al pie de un árbol.

Cuando hubo terminado con la primera trucha, regresó al estanque diciendo:
- Ya he trasladado al primer pez, ahora trasladaré al segundo.
Y como había hecho con el primero, hizo con las demás truchas y barbos que fueron lo
bastante tontos para dejarse engañar por ella.
Sin embargo, aún quedaba un cangrejo muy viejo, y al verle, la cigüeña se dijo que debería
estar muy sabroso, tanta era su gordura.
- ¿No quieres reunirte con tus amigos, buen cangrejo? -preguntó con voz dulce la cigüeña.
- Ya quisiera, pero no veo la forma en que me podrás llevar.
- Te sostendré con el pico.
- No podrías, y quizá cayese por el camino.
- No tengas miedo -insistió el ave.- Te aseguro que te sostendré lo mejor que pueda.
El cangrejo reflexionó unos instantes.
- Esa cigüeña es incapaz de coger un pez con el pico y soltarlo en un estanque -se dijo.- Si
me trasladase a otro sitio mejor, sería maravilloso, pero si fuera a parar a su estómago me
causaría un profundo disgusto. Seguiré reflexionando.

Pasaron unos minutos, y la cigüeña empezó a impacientarse. Por fin el cangrejo asomó la
cabeza fuera del agua y dijo:
- Bien, señora cigüeña, estoy dispuesto a que me trasladéis al estanque ese de que me
habéis hablado. Sin embargo, utilizando el sistema que habéis empleado con los demás
peces no conseguiríamos nada. Se me ha ocurrido un medio mejor. Con mis tenazas me
agarraré a vuestro cuello y así, cuando lleguemos al estanque no tendré que hacer más que
soltarme y caer al agua.
- Perfectamente -asintió la cigüeña. Y bajando la cabeza dejó que el cangrejo se le cogiese
al cuello con sus fuertes tenazas.

Al llegar junto al estanque de los lotos, el cangrejo vio que la cigüeña no se dirigía hacia el
agua, sino hacia el árbol junto al cual había devorado a los demás peces.
- ¡Eh, amiga! -llamó el cangrejo.- El estanque está en otro sitio. ¿Dónde me lleváis?
- ¿Por quién me habías tomado? -replicó furiosa la cigüeña.- ¿Crees acaso que soy tu
esclava? Si te he traído aquí ha sido para comerte, lo mismo que he hecho con tus demás
compañeros. Al pie de ese árbol tienes sus restos.
- Si mis compañeros fueron lo bastante tontos para dejarse devorar por vos, yo no lo soy.
Al contrario, quien va a perecer sois vos, amiga cigüeña. Sin duda no os habéis dado cuenta
de que estás en mi poder, y que sí bien yo moriré, vos seréis destruido antes que yo.
Y al decir esto apretó sus tenazas alrededor del cuello del ave.
Este sintió que le faltaba la respiración y gruesas lágrimas brotaron de sus ojos. Vio la
muerte muy cerca y como amaba la vida, tartamudeó:

- Os juro que no quería comeros, señor cangrejo. No me apretéis más el cuello y os
prometo llevaros al estanque. ¡Os doy mi palabra de honor!
- Bien -asintió el cangrejo.- Si es así llévame al estanque de los lotos.
La cigüeña obedeció presurosa y depositó el cangrejo a la orilla del estanque. Pero el
cangrejo, que había sido muy buen amigo de las truchas y los barbos del estanque, decidió
vengarlos, y antes de que la cigüeña pudiera retirarse cerró con fuerza sus tenazas y le cortó
la cabeza, que cayó dentro del agua.

Al ver esto, el genio que habitaba el sauce, junto al cual la cigüeña había devorado a las
truchas, agitó sus hojas y murmuró al viento:
- El malvado nunca prospera en el ejercicio del mal y tarde o temprano acaba como la
cigüeña, que se dejó engañar por el cangrejo.

martes, 20 de noviembre de 2012

La comida y las plumas


Como lo que los pensadores de corto alcance imaginan que es sabiduría suele ser considerado locura por los sufíes, éstos, por contraste, se llaman a sí mismos “Los Idiotas”.
Por una feliz coincidencia, también la palabra árabe para designar al “Santo” (wali) tiene el mismo equivalente numérico que la palabra “Idiota” (balid).
Así pues, tenemos un doble motivo para considerar a los sufíes como a grandes personas o como a nuestros propios Idiotas.
Este cuento contiene algo de su conocimiento.

Había una vez (y ésta es una historia verdadera) un estudiante que solía ir todos los días a sentarse a los pies de un maestro sufí, para anotar en un papel todo lo que ésta decía.
Estaba tan inmerso en sus estudios, que era incapaz de realizar ninguna actividad de provecho. Una noche, cuando llegó a casa, su mujer le puso por delante un cuenco tapado con una servilleta. El la cogió y se la puso en el cuello, y entonces vio que el cuenco estaba lleno de... papel y plumas.
“Como esto es lo que haces todo el día”, le dijo su mujer, “intenta comértelo”.
A la mañana siguiente, como de costumbre, el estudiante fue a aprender de su maestro. Aunque las palabras de su mujer le habían afligido, no se puso a buscar un empleo, sino que se dispuso a continuar con sus estudios.
Después de unos minutos de estar escribiendo, se dio cuenta de que su pluma no funcionaba bien. “No importa”, dijo el maestro, “ve a ese rincón. Coge la caja que hay ahí y ponla delante de ti”.
Cuando se sentó con la caja y abrió la tapa, descubrió que estaba llena de... comida.


viernes, 2 de noviembre de 2012

A partir de hoy

Tu vida puede tomar uno de dos rumbos. La única manera de salir adelante en la vida es no culpar a los demás de lo que te sucede. Tu eres el arquitecto de tu vida.
Y si la vida no te ha sido muy favorable hasta ahora,
el futuro puede cambiar y depende especialmente de ti. Si has tenido muchos fracasos, estas en una excelente posición para comenzar una nueva vida, pues eres experto en conocer como no deben hacerse las cosas. Cuando tu sabes que es lo errado, no lo repetirás en el futuro y te acercara cada vez mas al éxito.

A partir de hoy tu vida puede tomar uno de dos rumbos. El éxito o el fracaso. La felicidad o la infelicidad. Es tu decisión cual camino tomar y tienes igual oportunidad de seguir uno u otro sendero.
Tienes las mismas posibilidades para cualquiera de los dos.

La forma de tomar el sendero del triunfo es...¡dejar de culpar a los demás!. Asumir tu propia responsabilidad y virar hacia una actitud mental positiva y constructiva.

Elimina los "si no fuera por...".
"Si no fuera por mis padres yo habría hecho...",
"si no fuera por este gobierno, yo estaría...",
"si hubiera tenido dinero...",
"si me consideraran en la oficina...",
Nada soluciona el culpar a los demas.
Si las cosas te sucedieron, es en gran parte
tu responsabilidad. Asúmela y tu vida cambiara.

Sergio Valdivia 

lunes, 22 de octubre de 2012

El refuerzo del esfuerzo


Existe un consejo garantizado de una buena educación familiar, que además es muy fácil de utilizar por los progenitores en el seno hogareño. A los hijos se les debe facilitar todo aquello que mejore su potencialidad y sus capacidades, pero luego dejar que consigan sus objetivos por sí mismos, sin adelantárselos sin su esfuerzo personal. Expliquémoslo con casos concretos: No les compremos un coche, sino que ayudémosles a que obtengan el permiso de conducción, o no les paguemos unas vacaciones en el extranjero sino que asuman los costes de que ellos aprendan idiomas y vayan a trabajar a otros países. O sólo les ayudemos a adquirir un vehículo si lo necesitan para proseguir sus estudios o para iniciarse en un empleo.
 
Todas las personas valoramos las metas conseguidas en función de nuestra participación directa en su logro y del precio pagado en persona. Un bocadillo ganado duramente tras colaborar en la recolección de fruta, sabe mejor que un banquete pagado por los padres. Demos a nuestros hijos todo aquello que les haga más capaces, más preparados, más competentes, pero recordemos que si les ofrecemos sus objetivos finales sólo les convertiremos en inútiles insatisfechos que no conocerán el valor del trabajo y la alegría del esfuerzo.
 
Hemos de ayudar a nuestros hijos al máximo antes de la carrera de la vida, pero luego deben correr solos, y aprender que sólo se gana con el esfuerzo propio. Cuando descubren el infinito potencial de voluntad y de creatividad que atesoran, se transforman. La existencia es deseo, es coraje, es dolor, pero cualquier energía que se invierta para sacar lo mejor de uno mismo viene acompañada de alegría. Goethe dijo que una persona se conoce a sí misma no por la reflexión, sino mediante el esfuerzo. Tratemos de cumplir nuestro deber y pronto conoceremos quiénes somos. Nada grande se ha conseguido sin entusiasmo, que siempre es un éxito, porque nunca hay esfuerzos inútiles. Hasta Sísifo desarrollaba sus músculos. Enseñemos a nuestros hijos que se ama más lo que con más esfuerzo se ha conseguido.
 
Mikel Agirregabiria Agirre

lunes, 8 de octubre de 2012

La bolsa interior



Hay divisas que jamás pierden valor pero que a menudo olvidamos la hora de invertir nuestro tiempo y energía

Alfonso sopló con triste resignación las dos velas con el 4 y el 0 sobre la tarta. Nunca había sido aficionado a las fiestas, pero esperaba algo más brillante para su entrada en la cuarentena. Había convocado a media docena de personas, pero sus invitaciones habían sido rechazadas con todo tipo de excusas.

Todo lo que tenía para celebrar sus cumpleaños, además de aquella tarta, eran dos felicitaciones formales –una de su banco, otra de su gestor- y un obsequio de un familiar lejano que le había herido en lo más hondo: un fin de semana para dos personas en un balneario. Se guardó el cupón en su bolsillo trasero para tirarlo en una papelera cuando saliera a la calle. Alfonso no tenía novia ni amigos que quisieran compartir un aburrido fin de semana en aguas termales.
Atribuía su nula vida social al exceso de trabajo. Desde que había estallado la crisis, su profesión de analista financiero le obligaba a estar de sol a sol delante de una pantalla llena de cifras. Sus propios números no iban mal, se dijo mientras bajaba a la calle para dar un paseo nocturno. A sus 40 años ya casi había pagado la hipoteca del piso. Tenía, además, una plaza de aparcamiento en propiedad, un coche deportivo y una motocicleta que solo había sacado un par de veces. Su plan de pensiones empezaba a estar nutrido, y una herencia en metálico que tenía plazo fijo le garantizaba buenos intereses.

Pese a disponer de todo aquello, la noche de su cumpleaños se sentía vacío. Tal vez fuera porque ese domingo ya habían cerrado los pocos bares de su barrio. Alfonso deseaba tomar una cerveza antes de acostarse, con el murmullo de solitarios clientes de barra que charlaban con el camarero.

Buscando un lugar con vida en el desierto urbano, se dio cuenta de que se había alejado mucho de casa. Miró el reloj y vio que ya era medianoche. Aquel largo paseo nocturno había sido una triste celebración de cumpleaños. Resignado a iniciar como cuarentón una semana más, Alfonso se sintió repentinamente cansado y decidió que tomaría un taxi para regresar.
Mientras trataba de descubrir entre el escaso tráfico una salvadora luz verde, se le ocurrió revisar su cartera y advirtió, fastidiado, que no llevaba dinero en metálico. Contrariado, decidió proveerse de fondos en un cajero antes de subirse a un taxi. Miró a su alrededor. Por suerte, había un cajero justo al otro lado de la acera donde él se encontraba. Cruzó la calle a grandes zancadas movilizado por su impaciencia para regresar a casa.
El cajero se hallaba dentro del vestíbulo de una oficina bancaria, y Alfonso vio con desagrado que un indigente dormía junto a la máquina dispensadora de billetes. Le violentaba sacar dinero al lado de alguien que no tiene absolutamente nada. Le hacía sentirse vencedor de una guerra en la que no había pedido tomar parte. Fue ese sentimiento de pudor el que hizo que, tras obtener cuatro billetes de 20 euros, dejara uno de ellos en la mano abierta del mendigo, que parecía dormido.

Como si hubiera notado el peso ínfimo del billete, los dedos callosos de la persona que parecía dormir se cerraron para atrapar los 20 euros. Justo entonces abrió sus ojos y le habló con refinado acento:
-Le agradezco la dádiva, caballero, y la acepto solo por no hacerle el feo de devolver un regalo. Lo cierto es que no necesito nada, soy inmensamente rico.

Alfonso se quedó boquiabierto ante las palabras de aquel hombre, al que calificó enseguida de chiflado. Por la propiedad con la que se expresaba, dedujo que había sido alguien que, tiempo atrás, había gozado de una posición acomodada. Quizá una quiebra, un divorcio mal negociado, el alcohol o alguna enfermedad mental le habían hecho caer en desgracia. Sintiendo lástima por aquel indigente, Alfonso le preguntó:
-Si es tan rico… ¿qué hace durmiendo aquí?.
-Hace un poco de frío en casa, por eso me he venido a echar una cabezadita aquí dentro. Además, en este lugar se hacen amigos. ¿Vamos a tomar un café?

El hombre le guiñó el ojo mientras se levantaba de su lecho formado por periódicos y se sacudía el polvo.
-Está todo cerrado –dijo Alfonso, sorprendido por el rumbo inesperado que estaba tomando la noche.
-No todo. En una gasolinera a tres calles de aquí podemos tomar un café y un bocadillo.
Cuando se pusieron en camino, Alfonso pensó que sus situaciones vitales no podían ser más diferentes, pero le resultaba muy fácil hablar con aquel hombre caído en desgracia.
-¿Dice entonces que hace un poco de frío en su casa? ¿Dónde vive usted?
-En una vivienda que tiene miles de metros cuadrados. ¿Qué digo, miles…? ¡Millones!.
-La calle, claro –supuso Alfonso tristemente.
-No hay casa más grande, aireada y diáfana. Además, como y ceno cada día de restaurante, como un señor.
-¿Y eso?
-Tengo una ruta de varios establecimientos donde me respetan y me guardan siempre las sobras. Nunca me falta un plato caliente. A cambio, yo les aconsejo dónde pueden invertir lo que tienen.

El analista financiero se quedó pasmado ante esto último. Al notar su asombro, el indigente le dijo:
-También le puedo asesorar a usted.
-Pero… no tiene ni idea de mis propiedades ni de mis activos. ¿Cómo va a aconsejarme entonces?.
-No necesito conocer el estado de sus cuentas bancarias para saber que un hombre que pasea  solo a estas horas ha errado en sus inversiones. Puede que tenga propiedades y activos, como bien ha dicho, quizás haya ganado incluso en bolsa, pero allí no se negocia la auténtica riqueza.
-¿Dónde se encuentre entonces? -preguntó Alfonso fascinado.
-En la bolsa interior –dijo el hombre señalando su corazón- es donde se encuentra las divisas que nunca pierden valor, como el amor o la amistad. Si hubiera invertido en esa cartera, no se encontraría deambulando solo un domingo por la noche.

Un escrito de Francesc Miralles
Escritor, periodista, traductor y músico.
Paralelamente a su carrera de novelista, ha escrito numerosos libros de psicología y crecimiento personal