Estimado Sr. Futuro:
martes, 26 de junio de 2012
jueves, 21 de junio de 2012
El secreto está en los ojos (Ciencia)
El secreto está en los
ojos
Juan Luis Ursuaga es paleontólogo,
miembro del equipo de investigaciones de los yacimientos pleistocenos de la
Sierra de Atapuerca y premiado, en 1997, con el Príncipe de Asturias de
Investigación Científica y Técnica.
Cuando nos proponemos a reconstruir
un ancestro fósil que solo conocemos por los huesos nos vemos obligados a
reflexionar. Es por lo tanto una buena práctica y me alegro de colaborar de vez
en cuando con uno de los artistas que devuelven a la vida las especies
desaparecidas. Se trata de uno de esos remotos antepasados africanos que
llamamos australopitecos y hay que empezar por preguntarse qué aspecto general
les damos.
En los últimos tiempos el aire que
tienen es el de “chimpancés bipedo”, con mucho pelo por el cuerpo. El paisaje
suele ser de selva porque sabemos (esto no es una mera conjetura) que pasaban
mucho tiempo en ella y se alimentaban de los frutos maduros de los árboles y
arbustos, así como de vegetales tiernos.
La estatura no era muy grande, como
la de un chimpancé en el caso de las hembras y algo más en el de los machos.
Parece que las diferencias de tamaño entre los sexos eran mayores que en los
chimpancés, pero seguramente menores que en los gorilas.
¿Cómo serian sus
labios?
La postura bípeda estaba
perfectamente conseguida, pero eso no excluye que se subieran a los árboles por
seguridad o para alimentarse.
Los caninos eran pequeños en los dos
sexos, lo que sorprende mucho y todavía no tiene una explicación definitiva, ya
que no fabricaban herramientas de piedra que los sustituyeran.
La cara es muy parecida a la de los
chimpancés, es decir, proyectaba o prognata. Su nariz no sobresalía y esto les
hacía parecerse mucho facialmente a los grandes simios. Hay que esperar hasta la
llegada del Homo Erectus para ver narices prominentes como las
nuestras.
¿Cómo serian sus labios? ¿finos como
los de los simios o gruesos como los nuestros? Lo que nos lleva a preguntarnos
para qué sirven unos labios gruesos, por qué fueron seleccionados. Los labios
gruesos sirven para besar, ¿estará ahí la explicación?.
Y así llegamos a lo que más me
interesa en este artículo: los ojos. En todos los simios el color del iris es
similar al de la esclerótica (oscuro), mientras que nuestra especie se distingue
muy bien el iris del blanco del ojo. ¿Por qué? A un chimpancé no le interesa que otros sepan hacia
dónde está mirando porque podrían descubrir cuáles son sus propósitos
(¿una hembra?, ¿una fruta?). Para que eso –adivinar las intenciones del otro-
sea posible es necesaria la facultad mental de ponerse en el lugar del que está
enfrente y mira hacia nuestro lado o por encima de nuestra
cabeza.
No es poca cosa, y se pensó durante
mucho tiempo que solo lo podíamos hacer los seres humanos, pero ahora sabemos
que también los chimpancés tienen esa capacidad. Por eso, para evitar que se
descubran los movimientos oculares, el iris no se distingue de la
esclerótica.
En cambio, nosotros señalamos con el
dedo, también con el ojo, permitimos que los demás sepan adónde miramos,
compartimos con ellos nuestra información.
Pertenecemos a una especia mucho más
social y gracias a ello los seres humanos hemos llegado hasta
aquí.
Información y reportaje incluidos en
el número 27 de la revista Redes para la Ciencia (Revista de divulgación de
Eduard Punset)
El agua en África se acumula debajo de la superficie (Geología)
El agua en África se acumula debajo
de la superficie (Geología)
Los acuíferos descubiertos podrían
abastecer a todo el continente.
Un equipo de científicos británicos
ha trazado por primera vez un mapa de distribución y escala de vastas cantidades
de agua bajo el desierto del Sahara y otras partes de África. Los investigadores
del British Geological Survey y el University Collage han descubierto que el
agua, situada a unos 75 metros de profundidad, está contenida en antiguos
acuíferos.
Los investigadores afirman que estos
recursos subterráneos descubiertos podrían abastecer a toda África de suficiente
agua para el consumo y la agricultura.
De hecho, el volumen del agua
subterránea es cien veces mayor que el que hay en la
superficie.
En el continente africano más de 300
millones de personas no tienen acceso al agua potable y la demanda aumentará
notablemente por el crecimiento de la población y la necesidad de riego de
cultivos.
“El mayor almacén de aguas
subterráneas está en el norte de África, en las cuencas sedimentarias, en Libia,
Argelia y Chad”, aseguró a la BBC la científica Helen Bonsor, del British
Geological Survey, que añadió que la cantidad es “enorme”. Debido a los cambios
climáticos que azotaron el Sahara y lo convirtieron en un desierto, la mayoría
de los acuíferos trazados se llenaron por última vez hace unos 5.000 años.
Sin embargo, los investigadores
británicos aseguran que la extracción no será fácil, porque taladrar grandes
pozos podría agotar rápidamente los acuíferos. De hecho Bonsor apuesta por una
extracción cuidadosa, que no dañaría los recursos hídricos.
Para la investigación se utilizó la
información aportada por los mapas hidrogeológicos de los Gobiernos y datos de
hasta 283 estudios. Los científicos, además, han revelado que los nuevos mapas
indican que algunos de los países africanos más afectados por la escasez del
agua tienen sustanciales reservas debajo de su superficie.
Habrá que ver si la existencia de
este volumen de agua subterránea beneficiará a los habitantes del continente.
Según datos aportados por la Organización de Naciones Unidas, en el área del
África Subsahariana se concentra el mayor número de países del mundo con estrés
hídrico.
Un problema que podría tener una
salida con el nuevo mapa subterráneo de África
Información y reportaje incluidos en
el número 27 de la revista Redes para la Ciencia (Revista de divulgación de
Eduard Punset)
miércoles, 20 de junio de 2012
El río y el desierto
Un río, tras correr libre y despreocupado entre riscos nevados, profundas gargantas y fértiles campiñas, llegó al desierto.
Sus aguas, hasta entonces ágiles y transparentes, se vieron frenadas y enturbiadas por la arena.
Y aquél río, en su agonía, clamó al cielo:
-¿Qué puedo hacer para proseguir mi camino?
Una vieja palmera, al oirlo, se compadeció y le susurró desde la punta de sus hojas:
-Evapórate y salvarás tu esencia.
Y aquél viejo río, comprendiendo, se elevó sobre sí mismo, uniéndose a las nubes del cielo.
(La muerte no es otra cosa que la recuperación de nuestra primigenia y verdadera identidad.)
Juan José Benitez
Libro: "La otra orilla"
Reencuentro con la Paz
Cuando tus pensamientos son perfectamente claros
en la quietud, ves la sustancia real de la mente.
Cuando tu estado de ánimo, está sereno en momentos de ocio
percibes la verdadera manera de actuar de la mente.
Cuando estás en un estado de profunda calma y desapego
descubres su verdadero valor.
La mente humana suele perder la realidad a través del movimiento.
Si haces un alto en un estado de clara serenidad sin que nazca
un sólo pensamiento, cuando surgen las nubes, con calma
te alejas de ellas; cuando las gotas de lluvia golpean acompasadamente,
compartes serenamente su pureza.
Cuando llaman los pájaros, gozosamente sientes su comunicación.
Cuando caen las flores, tienes una profunda comprensión de tí mismo.
¿Dónde está el reino de la realidad y qué cosas hay que no sea obra suya?
Si nace un niño, la madre está en peligro; si se amontona
el dinero, los ladrones observan, así pues, ¿qué alegría
no conlleva una preocupación?
Si eres pobre, estás deseoso de ahorrar; si estás enfermo
anhelas cuidar tu cuerpo, así pues, ¿qué preocupación
no conlleva una alegría?
Las personas realizadas deben mirar los altibajos como
una sola cosa y permitirse olvidar sus alegrías y penas.
Huanchu Daoren
Libro: "Retorno a los orígenes"
Edit. Edaf
martes, 19 de junio de 2012
Tu tienes el reloj, yo tengo el tiempo
Entrevista realizada por VÍCTOR AMELA a: MOUSSA AG ASSARIDRISIS
No sé mi edad: nací en el desierto del Sahara, sin papeles...!.
Nací en un campamento nómada tuareg entre Tombuctú y Gao, al norte de Mali.
He sido pastor de los camellos, cabras, corderos y vacas de mi padre. Hoy estudio Gestión en la Universidad Montpellier.
Estoy soltero. Defiendo a los pastores tuareg. Soy musulmán, sin fanatismo.
- ¡Qué turbante tan hermoso...!
- Es una fina tela de algodón: permite tapar la cara en el desierto cuando se levanta arena, y a la vez seguir viendo y respirando a su través.
- Es de un azul bellísimo...
- A los tuareg nos llamaban los hombres azules por esto: la tela destiñe algo y nuestra piel toma tintes azulados...
- ¿Cómo elaboran ese intenso azul añil?
- Con una planta llamada índigo, mezclada con otros pigmentos naturales. El azul, para los tuareg, es el color del mundo.
- ¿Por qué?
- Es el color dominante: el del cielo, el techo de nuestra casa.
- ¿Quiénes son los tuareg?
- Tuareg significa "abandonados", porque somos un viejo pueblo nómada del desierto, solitario, orgulloso:
"Señores del Desierto", nos llaman. Nuestra etnia es la amazigh (bereber), y nuestro alfabeto, el tifinagh.
- ¿Cuántos son?
- Unos tres millones, y la mayoría todavía nómadas. Pero la población decrece...
"¡Hace falta que un pueblo desaparezca para que sepamos que existía!", denunciaba una vez un sabio: yo lucho por preservar este pueblo.
- ¿A qué se dedican?
- Pastoreamos rebaños de camellos, cabras, corderos, vacas y asnos en un reino de infinito y de silencio...
- ¿De verdad tan silencioso es el desierto?
- Si estás a solas en aquel silencio, oyes el latido de tu propio corazón. No hay mejor lugar para hallarse a uno mismo.
- ¿Qué recuerdos de su niñez en el desierto conserva con mayor nitidez?
- Me despierto con el sol. Ahí están las cabras de mi padre. Ellas nos dan leche y carne, nosotros las llevamos a donde hay agua y hierba...
Así hizo mi bisabuelo, y mi abuelo, y mi padre... Y yo. ¡No había otra cosa en el mundo más que eso, y yo era muy feliz en él!
- ¿Sí? No parece muy estimulante. ..
- Mucho. A los siete años ya te dejan alejarte del campamento, para lo que te enseñan las cosas importantes: a olisquear el aire, escuchar, aguzar la vista, orientarte por el sol y las estrellas... Y a dejarte llevar por el camello, si te pierdes: te llevará a donde hay agua.
- Saber eso es valioso, sin duda...
- Allí todo es simple y profundo. Hay muy pocas cosas, ¡y cada una tiene enorme valor!
- Entonces este mundo y aquél son muy diferentes, ¿no?
- Allí, cada pequeña cosa proporciona felicidad. Cada roce es valioso. Sentimos una enorme alegría por el simple hecho de tocarnos, de estar juntos!. Allí nadie sueña con llegar a ser, ¡porque cada uno ya es!.
- ¿Qué es lo que más le chocó en su primer viaje a Europa?
- Vi correr a la gente por el aeropuerto...¡En el desierto sólo se corre si viene una tormenta de arena! Me asusté, claro...
- Sólo iban a buscar las maletas, ja, ja...
- Sí, era eso. También vi carteles de chicas desnudas: ¿por qué esa falta de respeto hacia la mujer?, me pregunté...Después, en el hotel Ibis, vi el primer grifo de mi vida: vi correr el agua...y sentí ganas de llorar.
- Qué abundancia, qué derroche, ¿no?
- ¡Todos los días de mi vida habían consistido en buscar agua!. Cuando veo las fuentes de adorno aquí y allá, aún sigo sintiendo dentro un dolor tan inmenso...
- ¿Tanto como eso?
- Sí. A principios de los 90 hubo una gran sequía, murieron los animales, caímos enfermos...Yo tendría unos doce años, y mi madre murió...¡Ella lo era todo para mí! Me contaba historias y me enseñó a contarlas bien. Me enseñó a ser yo mismo.
- ¿Qué pasó con su familia?
- Convencí a mi padre de que me dejase ir a la escuela. Casi cada día yo caminaba quince kilómetros. Hasta que el maestro me dejó una cama para dormir, y una señora me daba de comer al pasar ante su casa...Entendí: mi madre estaba ayudándome...
- ¿De dónde salió esa pasión por la escuela?
- De que un par de años antes había pasado por el campamento el rally París-Dakar, y a una periodista se le cayó un libro de la mochila. Lo recogí y se lo di. Me lo regaló y me habló de aquel libro: El Principito. Y yo me prometí que un día sería capaz de leerlo...
- Y lo logró.
- Sí. Y así fue como logré una beca para estudiar en Francia.
- ¡Un tuareg en la universidad. ..!
- Ah, lo que más añoro aquí es la leche de camella... Y el fuego de leña. Y caminar descalzo sobre la arena cálida. Y las estrellas: allí las miramos cada noche, y cada estrella es distinta de otra, como es distinta cada cabra...Aquí, por la noche, miráis la tele.
- Sí... ¿Qué es lo que peor le parece de aquí?
- Tenéis de todo, pero no os basta. Os quejáis. ¡En Francia se pasan la vida quejándose! Os encadenáis de por vida a un banco, y hay ansia de poseer, frenesí, prisa...En el desierto no hay atascos, ¿y sabe por qué? ¡Porque allí nadie quiere adelantar a nadie!
- Reláteme un momento de felicidad intensa en su lejano desierto.
- Es cada día, dos horas antes de la puesta del sol: baja el calor, y el frío no ha llegado, y hombres y animales regresan lentamente al campamento y sus perfiles se recortan en un cielo rosa, azul, rojo, amarillo, verde...
- Fascinante, desde luego...
- Es un momento mágico... Entramos todos en la tienda y hervimos té. Sentados, en silencio, escuchamos el hervor...La calma nos invade a todos: los latidos del corazón se acompasan al pot-pot del hervor...
- Qué paz...
- ¡Aquí tenéis reloj, allí tenemos tiempo.
Entrevista realizada por VÍCTOR AMELA a: MOUSSA AG ASSARIDRISIS
El anciano y el banco
Un hijo, cansado de la ancianidad y de los achaques de su padre, tomó la decisión de recluirlo en un asilo.
En silencio, padre e hijo salieron por última vez del hogar. Y caminaron por las calles de la gran ciudad. El primero, resignado. El hijo, tratando de silenciar su conciencia con un sinfín de promesas y falsas atenciones.
Al rato, el anciano se sintió cansado. Y el hijo, solícito, condujo a su padre hasta un banco cercano.
Nada más tomar asiento, el viejo rompió a llorar amargamente.
-¿Qué sucede? - le preguntó el hijo.
Pero el anciano no respondió. Y su llanto se hizo más intenso.
-¡Por Dios, padre! ¿Por qué lloras?
Y el hombre exclamó al fin entre sollozos:
-Hace cincuenta años, yo también conduje a mi padre a un asilo. Y ambos nos sentamos igualmente en este mismo banco.
(Con la misma medida que midáis, seréis medidos)
Juan José Benitez
Libro: "La otra orilla"
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