lunes, 26 de noviembre de 2012

La cigüeña cruel y el cangrejo listo


En un espeso bosque había un pequeño estanque lleno de truchas. Como la estación era
muy calurosa y el río que vertía sus aguas en el estanque muy poco caudaloso, pronto los
peces se encontraron con que el lugar les resultaba bastante incómodo.

Una blanca cigüeña que les estaba observando se dijo:
- Es necesario que encuentre la manera de engordar a esos peces y convertirlos en mi
comida.
Mientras buscaba la solución el problema, acercóse al estanque y se sentó a su orilla.
Al cabo de un rato, los peces, extrañados de verla allí, le preguntaron en qué pensaba.
- En vosotros -contestó el ave.
- ¿De veras? ¿Y qué es lo que piensas?
- Pues me decía que en este estanque hay muy poca agua y por lo tanto muy poca comida,
por lo cual muchos de vosotros no tendréis apenas qué llevaros a la boca.
- Eso que dices es verdad -contestó un viejo barbo.- Pero ¿qué solución puede haber a un
problema semejante?
- Hay una solución muy sencilla. Si queréis os llevaré a un estanque que hay cerca de aquí.
Es un estanque muy profundo y está lleno de flores de loto. Puedo cogeros uno por uno,
con el pico, y trasladaros a ese lugar.
- No estaría mal si fuese verdad, pero las cigüeñas tenéis la mala costumbre de comeros a
los peces, y ya comprenderéis que no vamos a exponernos a perder la vida.
- Estáis muy equivocados; ni por un momento se me ha ocurrido comerme a ninguno de
vosotros. Si queréis, puedo llevar a uno de vosotros a que vea el estanque tan hermoso que
hay a pocos pasos de aquí. Si vuelve con vida será señal de que no quiero causaros daño
alguno.

Estas palabras convencieron algo a los peces, quienes delegaron a uno de ellos para que
hiciera el viaje en el pico de la cigüeña. Era una trucha vieja y tuerta, que había demostrado
en mil ocasiones que era suficientemente capaz de salir por sí misma de cualquier apuro.
El ave cogió con todo cuidado a la trucha y la llevó a que viese el magnífico estanque.
Después la devolvió con sus compañeras, a las cuales explicó que la cigüeña había dicho
verdad al describir el estanque.

Los peces celebraron consejo y al fin decidieron trasladarse al otro estanque, y así se lo
comunicaron a la cigüeña, quien emprendió el primer viaje con la trucha tuerta.
Al llegar junto al estanque, en vez de tirar la trucha al agua, el ave la mató de un picotazo y
se la comió con gran apetito, tirando las espinas al pie de un árbol.

Cuando hubo terminado con la primera trucha, regresó al estanque diciendo:
- Ya he trasladado al primer pez, ahora trasladaré al segundo.
Y como había hecho con el primero, hizo con las demás truchas y barbos que fueron lo
bastante tontos para dejarse engañar por ella.
Sin embargo, aún quedaba un cangrejo muy viejo, y al verle, la cigüeña se dijo que debería
estar muy sabroso, tanta era su gordura.
- ¿No quieres reunirte con tus amigos, buen cangrejo? -preguntó con voz dulce la cigüeña.
- Ya quisiera, pero no veo la forma en que me podrás llevar.
- Te sostendré con el pico.
- No podrías, y quizá cayese por el camino.
- No tengas miedo -insistió el ave.- Te aseguro que te sostendré lo mejor que pueda.
El cangrejo reflexionó unos instantes.
- Esa cigüeña es incapaz de coger un pez con el pico y soltarlo en un estanque -se dijo.- Si
me trasladase a otro sitio mejor, sería maravilloso, pero si fuera a parar a su estómago me
causaría un profundo disgusto. Seguiré reflexionando.

Pasaron unos minutos, y la cigüeña empezó a impacientarse. Por fin el cangrejo asomó la
cabeza fuera del agua y dijo:
- Bien, señora cigüeña, estoy dispuesto a que me trasladéis al estanque ese de que me
habéis hablado. Sin embargo, utilizando el sistema que habéis empleado con los demás
peces no conseguiríamos nada. Se me ha ocurrido un medio mejor. Con mis tenazas me
agarraré a vuestro cuello y así, cuando lleguemos al estanque no tendré que hacer más que
soltarme y caer al agua.
- Perfectamente -asintió la cigüeña. Y bajando la cabeza dejó que el cangrejo se le cogiese
al cuello con sus fuertes tenazas.

Al llegar junto al estanque de los lotos, el cangrejo vio que la cigüeña no se dirigía hacia el
agua, sino hacia el árbol junto al cual había devorado a los demás peces.
- ¡Eh, amiga! -llamó el cangrejo.- El estanque está en otro sitio. ¿Dónde me lleváis?
- ¿Por quién me habías tomado? -replicó furiosa la cigüeña.- ¿Crees acaso que soy tu
esclava? Si te he traído aquí ha sido para comerte, lo mismo que he hecho con tus demás
compañeros. Al pie de ese árbol tienes sus restos.
- Si mis compañeros fueron lo bastante tontos para dejarse devorar por vos, yo no lo soy.
Al contrario, quien va a perecer sois vos, amiga cigüeña. Sin duda no os habéis dado cuenta
de que estás en mi poder, y que sí bien yo moriré, vos seréis destruido antes que yo.
Y al decir esto apretó sus tenazas alrededor del cuello del ave.
Este sintió que le faltaba la respiración y gruesas lágrimas brotaron de sus ojos. Vio la
muerte muy cerca y como amaba la vida, tartamudeó:

- Os juro que no quería comeros, señor cangrejo. No me apretéis más el cuello y os
prometo llevaros al estanque. ¡Os doy mi palabra de honor!
- Bien -asintió el cangrejo.- Si es así llévame al estanque de los lotos.
La cigüeña obedeció presurosa y depositó el cangrejo a la orilla del estanque. Pero el
cangrejo, que había sido muy buen amigo de las truchas y los barbos del estanque, decidió
vengarlos, y antes de que la cigüeña pudiera retirarse cerró con fuerza sus tenazas y le cortó
la cabeza, que cayó dentro del agua.

Al ver esto, el genio que habitaba el sauce, junto al cual la cigüeña había devorado a las
truchas, agitó sus hojas y murmuró al viento:
- El malvado nunca prospera en el ejercicio del mal y tarde o temprano acaba como la
cigüeña, que se dejó engañar por el cangrejo.

martes, 20 de noviembre de 2012

La comida y las plumas


Como lo que los pensadores de corto alcance imaginan que es sabiduría suele ser considerado locura por los sufíes, éstos, por contraste, se llaman a sí mismos “Los Idiotas”.
Por una feliz coincidencia, también la palabra árabe para designar al “Santo” (wali) tiene el mismo equivalente numérico que la palabra “Idiota” (balid).
Así pues, tenemos un doble motivo para considerar a los sufíes como a grandes personas o como a nuestros propios Idiotas.
Este cuento contiene algo de su conocimiento.

Había una vez (y ésta es una historia verdadera) un estudiante que solía ir todos los días a sentarse a los pies de un maestro sufí, para anotar en un papel todo lo que ésta decía.
Estaba tan inmerso en sus estudios, que era incapaz de realizar ninguna actividad de provecho. Una noche, cuando llegó a casa, su mujer le puso por delante un cuenco tapado con una servilleta. El la cogió y se la puso en el cuello, y entonces vio que el cuenco estaba lleno de... papel y plumas.
“Como esto es lo que haces todo el día”, le dijo su mujer, “intenta comértelo”.
A la mañana siguiente, como de costumbre, el estudiante fue a aprender de su maestro. Aunque las palabras de su mujer le habían afligido, no se puso a buscar un empleo, sino que se dispuso a continuar con sus estudios.
Después de unos minutos de estar escribiendo, se dio cuenta de que su pluma no funcionaba bien. “No importa”, dijo el maestro, “ve a ese rincón. Coge la caja que hay ahí y ponla delante de ti”.
Cuando se sentó con la caja y abrió la tapa, descubrió que estaba llena de... comida.


viernes, 2 de noviembre de 2012

A partir de hoy

Tu vida puede tomar uno de dos rumbos. La única manera de salir adelante en la vida es no culpar a los demás de lo que te sucede. Tu eres el arquitecto de tu vida.
Y si la vida no te ha sido muy favorable hasta ahora,
el futuro puede cambiar y depende especialmente de ti. Si has tenido muchos fracasos, estas en una excelente posición para comenzar una nueva vida, pues eres experto en conocer como no deben hacerse las cosas. Cuando tu sabes que es lo errado, no lo repetirás en el futuro y te acercara cada vez mas al éxito.

A partir de hoy tu vida puede tomar uno de dos rumbos. El éxito o el fracaso. La felicidad o la infelicidad. Es tu decisión cual camino tomar y tienes igual oportunidad de seguir uno u otro sendero.
Tienes las mismas posibilidades para cualquiera de los dos.

La forma de tomar el sendero del triunfo es...¡dejar de culpar a los demás!. Asumir tu propia responsabilidad y virar hacia una actitud mental positiva y constructiva.

Elimina los "si no fuera por...".
"Si no fuera por mis padres yo habría hecho...",
"si no fuera por este gobierno, yo estaría...",
"si hubiera tenido dinero...",
"si me consideraran en la oficina...",
Nada soluciona el culpar a los demas.
Si las cosas te sucedieron, es en gran parte
tu responsabilidad. Asúmela y tu vida cambiara.

Sergio Valdivia 

lunes, 22 de octubre de 2012

El refuerzo del esfuerzo


Existe un consejo garantizado de una buena educación familiar, que además es muy fácil de utilizar por los progenitores en el seno hogareño. A los hijos se les debe facilitar todo aquello que mejore su potencialidad y sus capacidades, pero luego dejar que consigan sus objetivos por sí mismos, sin adelantárselos sin su esfuerzo personal. Expliquémoslo con casos concretos: No les compremos un coche, sino que ayudémosles a que obtengan el permiso de conducción, o no les paguemos unas vacaciones en el extranjero sino que asuman los costes de que ellos aprendan idiomas y vayan a trabajar a otros países. O sólo les ayudemos a adquirir un vehículo si lo necesitan para proseguir sus estudios o para iniciarse en un empleo.
 
Todas las personas valoramos las metas conseguidas en función de nuestra participación directa en su logro y del precio pagado en persona. Un bocadillo ganado duramente tras colaborar en la recolección de fruta, sabe mejor que un banquete pagado por los padres. Demos a nuestros hijos todo aquello que les haga más capaces, más preparados, más competentes, pero recordemos que si les ofrecemos sus objetivos finales sólo les convertiremos en inútiles insatisfechos que no conocerán el valor del trabajo y la alegría del esfuerzo.
 
Hemos de ayudar a nuestros hijos al máximo antes de la carrera de la vida, pero luego deben correr solos, y aprender que sólo se gana con el esfuerzo propio. Cuando descubren el infinito potencial de voluntad y de creatividad que atesoran, se transforman. La existencia es deseo, es coraje, es dolor, pero cualquier energía que se invierta para sacar lo mejor de uno mismo viene acompañada de alegría. Goethe dijo que una persona se conoce a sí misma no por la reflexión, sino mediante el esfuerzo. Tratemos de cumplir nuestro deber y pronto conoceremos quiénes somos. Nada grande se ha conseguido sin entusiasmo, que siempre es un éxito, porque nunca hay esfuerzos inútiles. Hasta Sísifo desarrollaba sus músculos. Enseñemos a nuestros hijos que se ama más lo que con más esfuerzo se ha conseguido.
 
Mikel Agirregabiria Agirre

lunes, 8 de octubre de 2012

La bolsa interior



Hay divisas que jamás pierden valor pero que a menudo olvidamos la hora de invertir nuestro tiempo y energía

Alfonso sopló con triste resignación las dos velas con el 4 y el 0 sobre la tarta. Nunca había sido aficionado a las fiestas, pero esperaba algo más brillante para su entrada en la cuarentena. Había convocado a media docena de personas, pero sus invitaciones habían sido rechazadas con todo tipo de excusas.

Todo lo que tenía para celebrar sus cumpleaños, además de aquella tarta, eran dos felicitaciones formales –una de su banco, otra de su gestor- y un obsequio de un familiar lejano que le había herido en lo más hondo: un fin de semana para dos personas en un balneario. Se guardó el cupón en su bolsillo trasero para tirarlo en una papelera cuando saliera a la calle. Alfonso no tenía novia ni amigos que quisieran compartir un aburrido fin de semana en aguas termales.
Atribuía su nula vida social al exceso de trabajo. Desde que había estallado la crisis, su profesión de analista financiero le obligaba a estar de sol a sol delante de una pantalla llena de cifras. Sus propios números no iban mal, se dijo mientras bajaba a la calle para dar un paseo nocturno. A sus 40 años ya casi había pagado la hipoteca del piso. Tenía, además, una plaza de aparcamiento en propiedad, un coche deportivo y una motocicleta que solo había sacado un par de veces. Su plan de pensiones empezaba a estar nutrido, y una herencia en metálico que tenía plazo fijo le garantizaba buenos intereses.

Pese a disponer de todo aquello, la noche de su cumpleaños se sentía vacío. Tal vez fuera porque ese domingo ya habían cerrado los pocos bares de su barrio. Alfonso deseaba tomar una cerveza antes de acostarse, con el murmullo de solitarios clientes de barra que charlaban con el camarero.

Buscando un lugar con vida en el desierto urbano, se dio cuenta de que se había alejado mucho de casa. Miró el reloj y vio que ya era medianoche. Aquel largo paseo nocturno había sido una triste celebración de cumpleaños. Resignado a iniciar como cuarentón una semana más, Alfonso se sintió repentinamente cansado y decidió que tomaría un taxi para regresar.
Mientras trataba de descubrir entre el escaso tráfico una salvadora luz verde, se le ocurrió revisar su cartera y advirtió, fastidiado, que no llevaba dinero en metálico. Contrariado, decidió proveerse de fondos en un cajero antes de subirse a un taxi. Miró a su alrededor. Por suerte, había un cajero justo al otro lado de la acera donde él se encontraba. Cruzó la calle a grandes zancadas movilizado por su impaciencia para regresar a casa.
El cajero se hallaba dentro del vestíbulo de una oficina bancaria, y Alfonso vio con desagrado que un indigente dormía junto a la máquina dispensadora de billetes. Le violentaba sacar dinero al lado de alguien que no tiene absolutamente nada. Le hacía sentirse vencedor de una guerra en la que no había pedido tomar parte. Fue ese sentimiento de pudor el que hizo que, tras obtener cuatro billetes de 20 euros, dejara uno de ellos en la mano abierta del mendigo, que parecía dormido.

Como si hubiera notado el peso ínfimo del billete, los dedos callosos de la persona que parecía dormir se cerraron para atrapar los 20 euros. Justo entonces abrió sus ojos y le habló con refinado acento:
-Le agradezco la dádiva, caballero, y la acepto solo por no hacerle el feo de devolver un regalo. Lo cierto es que no necesito nada, soy inmensamente rico.

Alfonso se quedó boquiabierto ante las palabras de aquel hombre, al que calificó enseguida de chiflado. Por la propiedad con la que se expresaba, dedujo que había sido alguien que, tiempo atrás, había gozado de una posición acomodada. Quizá una quiebra, un divorcio mal negociado, el alcohol o alguna enfermedad mental le habían hecho caer en desgracia. Sintiendo lástima por aquel indigente, Alfonso le preguntó:
-Si es tan rico… ¿qué hace durmiendo aquí?.
-Hace un poco de frío en casa, por eso me he venido a echar una cabezadita aquí dentro. Además, en este lugar se hacen amigos. ¿Vamos a tomar un café?

El hombre le guiñó el ojo mientras se levantaba de su lecho formado por periódicos y se sacudía el polvo.
-Está todo cerrado –dijo Alfonso, sorprendido por el rumbo inesperado que estaba tomando la noche.
-No todo. En una gasolinera a tres calles de aquí podemos tomar un café y un bocadillo.
Cuando se pusieron en camino, Alfonso pensó que sus situaciones vitales no podían ser más diferentes, pero le resultaba muy fácil hablar con aquel hombre caído en desgracia.
-¿Dice entonces que hace un poco de frío en su casa? ¿Dónde vive usted?
-En una vivienda que tiene miles de metros cuadrados. ¿Qué digo, miles…? ¡Millones!.
-La calle, claro –supuso Alfonso tristemente.
-No hay casa más grande, aireada y diáfana. Además, como y ceno cada día de restaurante, como un señor.
-¿Y eso?
-Tengo una ruta de varios establecimientos donde me respetan y me guardan siempre las sobras. Nunca me falta un plato caliente. A cambio, yo les aconsejo dónde pueden invertir lo que tienen.

El analista financiero se quedó pasmado ante esto último. Al notar su asombro, el indigente le dijo:
-También le puedo asesorar a usted.
-Pero… no tiene ni idea de mis propiedades ni de mis activos. ¿Cómo va a aconsejarme entonces?.
-No necesito conocer el estado de sus cuentas bancarias para saber que un hombre que pasea  solo a estas horas ha errado en sus inversiones. Puede que tenga propiedades y activos, como bien ha dicho, quizás haya ganado incluso en bolsa, pero allí no se negocia la auténtica riqueza.
-¿Dónde se encuentre entonces? -preguntó Alfonso fascinado.
-En la bolsa interior –dijo el hombre señalando su corazón- es donde se encuentra las divisas que nunca pierden valor, como el amor o la amistad. Si hubiera invertido en esa cartera, no se encontraría deambulando solo un domingo por la noche.

Un escrito de Francesc Miralles
Escritor, periodista, traductor y músico.
Paralelamente a su carrera de novelista, ha escrito numerosos libros de psicología y crecimiento personal

viernes, 5 de octubre de 2012

Los eternos rivales (El Mal y el Bien)

 

Un día el Mal se encontró frente a frente con el Bien y estuvo a punto de tragárselo para acabar de una vez con aquella disputa ridícula; pero, al verlo tan chico, el Mal pensó:

“Esto no puede ser más que una emboscada; pues si yo ahora me trago al Bien, que se ve tan débil, la gente va a pensar que hice mal, y yo me encogeré tanto de vergüenza que el Bien no desperdiciará la oportunidad y me tragará a mí, con la diferencia de que entonces la gente pensará que él sí hizo bien, pues es difícil sacarla de sus moldes mentales consistentes en que lo que hace el Mal está mal y lo que hace el Bien está bien”.

Y así el Bien se salvó una vez más.

Augusto Monterroso


sábado, 22 de septiembre de 2012

El miedo

 

Apenas hacía unos cientos de años que el hombre había bajado del árbol. Su capacidad cerebral había aumentado; su cuerpo, más ergido, le permitía movimientos más ágiles y autónomos. Sin embargo, todo cuanto veía le llenaba de estupor: un rayo, una serpiente, un terremoto, el viento ruidoso, las aguas turbulentas...Asustado por tantos fenómenos sorprendentes, se acercó a otros hombres que tenían el mismo miedo y en abrigos y cuevas construyeron las primeras comunidades humanas de la historia. Para paliar el miedo, pero también para asegurar su supremacia sobre el grupo, uno de aquellos hombres recurrió al pensamiento mágico, al mito. Imaginó y explicó a sus compañeros que todas aquellas cosas extraordinarias que veían a diario procedian de la fuerza inmensa de un ser superior que estaba en el origen mismo de sus vidas. Irritado con ellos, con su forma de comportarse , con su torpeza, les dijo: sólo quienes le amasen y reconociesen su poder omnímodo podrían librarse de su ira. La explicación del primer sacerdote de la historia tuvo tanto éxito que de inmediato todos los miembros del grupo comenzaron a fabricar idolillos de piedra, y ofrecer exvotos y a preparar ajuares funerarios para el tránsito futuro.

Las cosas transcurrieron de un modo bastante parecido durante miles de años. Hasta que entre los siglos XV y XVIII a renacentistas, ilustrados y revolucionarios se les ocurrió buscar una explicación a todo aquello que hasta entonces había estado revestido por el manto de la supertición. La razón no venía a actuar contra ninguna creencia individual, sólo buscaba resolver incógnitas y fortalecer al ser humano ante los misterios de la vida. Conforme los misterios se fueron desvelando, el miedo ancestral, atávico, irracional, fue retrocediendo. 
Conforme con los años venideros, la explicación de los misterios llegó a mayor número de individuos, la sociedad comenzó a liberarse, a creer en sus propias fuerzas, a sentirse ajena a muchos de los temores que la habían atenazado secularmente. 
Hoy el hombre tiene la capacidad de comprender casi todo lo que pasa a su alrededor; tiene, al menos, los instrumentos para ello. Pues bien, es ahora, cuando gracias a esos instrumentos y a su difusión, tenemos más posibilidades de conducirnos a la felicidad, cuando el coco del otro lado del telón ha dejado de existir, cuando contamos con medios suficientes, en todos los aspectos, para que todos los hombres de la tierra tengan un existir minimamente digno, es ahora, insisto, cuando los rectores del sacrosanto mercado han decidido difundir el miedo, a escala planetaria, contando para ello con una maquinaria mediática como nunca ha existido al servicio de causa alguna. En este contexto, discrepar comienza a ser una tarea peligrosa.

La neumonía atípica es una enfermedad nueva. Hasta ahora ha causado alrededor de quinientos muertos en todo el mundo, sin embargo, nos bombardean a diario con imágenes de personas enmascaradas, como blancos fantasmas, que corren de un lado para otro. Nos cuentan los muertos uno por uno. La imágenes se repiten, igual que los debates. Se afirma una y otra vez que no tiene cura, que puede ser la plaga del siglo XXI. Pasamos de canal, cambiamos de periódico y nos encontramos de bruces con todos los detalles del trágico suceso protagonizado por un joven que, guiado por el demonio, acuchilló a su novia mientras tomaban un helado de fresa. Las imágenes, el locutor, el informador no dejan nada en el tintero. Durante varios minutos, el informativo de máxima audiencia se regodea en tenernos al tanto de la cantidad enorme de brutalidad que puede producirse en el mundo en tan solo veinticuatro horas. No se buscan las causas, los remedios positivos, se escudriña en la tragedia, se ansía, cuando más grande mejor. Segundos después, le llega el turno a la salud. A los gordos, a los fumadores, a los que beben, a los que hacen mucho ejercicio, a los que no lo hacen, a los que toman aspirina, a los que no la toman, a los que comen dulces y a los que pican salado.

Se habla de los buenos y de los malos. De los buenos que saben todo lo que nos conviene porque por eso son los mejores y tienen más cosas (de pronto Cristo deviene en Calvino). De los malos, que todo lo critican, que siempre están disconformes y son un estorbo pernicioso para el bienestar general. No se conforman con su visión pesimista de lo maravilloso, encima quieren escribir y contagiar a los demás su desasosiego existencial. Mientras tanto, para que podamos respirar tranquilos en ausencia de noticias, las pantallas de todos los hogares se llenan de cine. Unos bárbaros despedazan a otros brutos; un perturbado intenta volar un estadio de béisbol y un policía, persiguiéndolo, destroza media ciudad. Cansado apago el televisor, dejo el periódico y voy a ver lo que hace mi hijo: juega en el ordenador a destripar negros feos, entusiasmado con el realismo del juego.

Un porcentaje altísimo de la información que recibimos diariamente pretende sumergirnos irremediablemente en la cultura del miedo, en el terror hacia lo más nimio, hacia lo más cotidiano, también a lo desconocido, a lo extraño, a lo diferente. El miedo vuelve de nuevo y con él la magia, el sortilegio, el mito. Las armas, la seguridad, el castigo al posible enemigo, a los fantasmas. En alguna parte del mundo, alguien ha matado a miles de personas con fantástica tecnología, por nuestro bien. Extraña que con tanta minuciosidad informativa sobre lo que ocurre en cualquier calle del planeta, no sepamos casi nada de lo que pasa de verdad en ese lugar, ni en el anterior. Y es que, para los nuevos adalides de la seguridad, la vida no vale nada, tampoco la libertad. Sólo el miedo, el que guarda la viña.

PEDRO L. ANGOSTO
(Licenciado en Historia)